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miércoles, 10 de enero de 2007

Reinos de hierro 2 - El ataque de los salvajes



La continuación de El inicio del viaje

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Nuestros enemigos se demoraron bastante rato y noté como el nerviosismo empezaba a hacer mella en los campesinos que nos rodeaban. Por suerte el soldado khadorano logró calmar a los campesinos y afianzar sus ánimos. Además, la llegada de varias lanzas improvisadas pareció permitirles recuperar la confianza en si mismos.

Mientras esperábamos apareció un enorme troloide a nuestra espalda. En un primer momento creímos que el enemigo se había infiltrado dentro de nuestras murallas pero nos dijeron que se trataba de un troloide civilizado que había pedido colaborar en la defensa de la ciudad y que se unió a nuestras filas.

Las oscuras nubes empezaron a dejar caer su carga y si ya antes costaba ver algo, al apagarse las hogueras enemigas quedamos cegados respecto a sus movimientos. Tras unos minutos de espera un rayo iluminó la escena y pudimos ver como una turba salvaje se lanzaba hacia nosotros.

Rogué a Morrow que apoyara nuestro empeño y reforzara nuestras armas y pude ver como su luz se extendía entre los defensores de Ishtar que veían así su coraje fortalecido.

Nuestros enemigos se perfilaban ante nosotros y así pudimos ver que el rincón de la muralla que defendíamos estaba siendo atacado por dos enormes gorax acompañados de dos argos y dos humanos enloquecidos y salvajes.

El troloide dio un grito de desafío mientras los primeros adversarios llegaban hacia nosotros. Las lanzas resultaron ser tremendamente eficaces y el ataque combinado de varios de los campesinos y de los recién llegados logró que las dos grandes bestias y uno de los salvajes cayeran abatidos antes de que lograran traspasar la empalizada.

El otro salvaje consiguió saltar la empalizada y me adelanté para combatirlo. Intercambiamos varios golpes y finalmente el troloide se interpuso y lo abatió. Entretanto el resto de combatientes no se habían quedado quietos y uno de los argos también había quedado abatido. El otro argos, sin embargo seguía dando guerra y decidí traspasar la muralla para ayudar al soldado khadorano en su contra y así, rodeándolo, lo logramos abatir.

El asalto inicial había acabado bien para nosotros. En nuestro sector de la empalizada había varios heridos pero ninguno de gravedad. Mientras intentábamos decidir si acercarnos a algún otro sector o si mantenernos donde estábamos esperando un segundo asalto escuchamos extraños ruidos en el interior del poblado y vimos varias sombras moviéndose furtivamente en dirección a la alcaldía.

Corrimos en esa dirección y al alcanzar las puertas de la alcaldía dos bárbaros humanos nos esperaban con las armas dispuestas. Combatíamos todavía contra ellos cuando un tercer enemigo entró en acción. A primera vista parecía un salvaje igual que el resto pero cuando se vio acosado por todo nuestro grupo su aspecto cambió y se volvió mucho más animal. Sus músculos crecieron al igual que sus comillos y garras y supusimos que se trataba de algún tipo de cambiaformas.

Le golpeamos entre todos y lo abatimos antes de que lograra herir a ninguno de los nuestros pero entonces nos percatamos de que en la planta superior quedaban más de esos seres.

Al llegar arriba vimos que habían estado rebuscando entre los papeles de la alcaldía. Las estanterías estaban tiradas por los suelos y gran cantidad de libros y pergaminos habían sido esparcidos por la habitación. Dos de los bárbaros estaban esperándonos y les combatimos de inmediato.

El primero de los salvajes cayó rápidamente bajo nuestras armas pero el segundo resultó ser otro de esos cambiantes. Era un tipo considerablemente más curtido en la batalla y aprovechó nuestro desconcierto ante su cambio para huir saltando por el balcón.

El troloide lo siguió rápidamente mientras el resto utilizamos nuestras armas a distancia para herirle pero al verse acosado se giró descargando un certero golpe contra el troloide y volviendo a huir de inmediato.

Nuestro grupo corrió con premura hacia nuestro compañero caído y allí pude detenerme a examinarlo unos segundos. El golpe había destrozado su pecho y el hálito de la vida se escapaba a través de los cortes. Si los seres a los que nos habíamos enfrentado eran realmente licántropos probablemente el troloide contrajera la misma maldición y se convirtiera en uno de ellos pero no le quedaban más que unos instantes antes de que su alma ascendiera a encontrarse con los dioses y únicamente yo podía impedirlo.

Hice una breve plegaria a Solovin pidiendo no equivocarme al juzgarlo digno y impuse mis manos sobre él para estabilizar sus heridas. A pesar de tratarse de una de las curaciones más sencillas que como sanadora puedo realizar pude sentir como Morrow trabajaba a través de mi para sanar sus cortes y la vida del troloide dejó de estar en peligro. Más tarde ya habría tiempo para restañar sus heridas pero ahora la urgencia había pasado.

Entretanto el resto de mis compañeros se habían dispersado. El khadorano había perseguido hasta las afueras del pueblo al salvaje y después había retornado a la muralla para ayudar en lo posible mientras que el pirata se había dedicado a examinar los libros y papeles entre los que los bárbaros habían estado rebuscando. Allí había descubierto que cuando les habíamos interrumpido estaban examinando un libro de hace un siglo y medio, concretamente una página en la que se hablaba de la cabaña de un tipo llamado Darak el leñador, situada a las afueras del pueblo.

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