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lunes, 8 de enero de 2007

Reinos de hierro 1- El inicio del viaje

Tras mucho tiempo esperándola hace poquito empezamos una partida de D&D ambientada en Reinos de Hierro. Tengo la intención de ir explicándoos lo que suceda en ella desde el punto de vista de mi personaje, Caitlin. Otro día ya os presentaré adecuadamente a todos los personajes pero de momento aquí tenéis el inicio del viaje.

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Mi viaje de iniciación en la orden no hacía más que empezar. Pocos días atrás había abandonado el convento donde la orden me entrenó durante los últimos años con el objetivo de extender la palabra de Morrow y de Solovin allí donde mis pasos me llevaran. La fe era firme en mi interior y ningún impedimento podría desviarme de mi recto camino.

Mis pasos me llevaron hacia la frontera entre Cygnar y Khador. La guerra y el invierno se habían cobrado un duro peaje durante los últimos años y a buen seguro mi espada y mi fe iban a poder ayudar a los pocos campesinos que todavía habitaban esa devastada zona.

La noche me sorprendió en el camino pero las luces de un poblado se divisaban al final del pequeño valle en que me encontraba. Si los comerciantes a los que había encontrado esa misma mañana no estaban errados se debía tratar de Ishtar, una pequeña villa con poco más de 200 almas.

A pesar de la tardía hora me sorprendió ver a más gente en el camino a la villa. Cerca ya de la entrada se encontraba un grupo numeroso, tal vez de 15 o 20 personas que parecían regresar cansados a su hogar, tal vez labriegos a quien alguna faena de última hora había retrasado más de lo habitual. Pero también se podía ver a varios viajeros más en el camino, gente solitaria con aspecto de pocos amigos.

Mantuve las distancias con ellos no queriendo tener un mal encuentro antes de entrar al poblado. Mi fe en Morrow es fuerte, pero éste también enseña que se debe evitar un conflicto si no hay motivo para iniciarlo.

Uno de los hombres llegó antes que yo al portón de la empalizada que rodeaba el poblado. Parecía un marino por sus andares y sus ropas coloridas y sobre su hombro se podía ver un animal de parduzco pelaje, un mono o algo parecido. La guardia no parecía muy proclive a dejarle entrar así que yo también piqué a la puerta pidiendo entrar.

Mientras los guardas conferenciaban llegaron los otros dos desconocidos. Uno de ellos, parecía tener acento khadorano y aspecto de soldado o tal vez de mercenario y el otro, embozado de los pies a la cabeza habló con un acento extraño que no supe identificar.

Tras varias preguntas de rigor el capitán de la guardia nos dejó pasar a todos y mientras que el resto de viajeros se dirigió a la posada yo busqué el pequeño templo de Morrow del pueblo. Allí un somnoliento novicio me recibió y fue a llamar al sacerdote. Éste era un hombre mayor que cojeaba por una antigua herida en la pierna pero que se mostró muy amable y atento conmigo.

Apenas llevábamos unos minutos conversando cuando el viajero embozado llegó al templo mendigando comida y un alojamiento para pasar la noche que le fue concedido ya que Morrow gusta de cuidar a todos aquellos que se lo solicitan… aunque descubrimos sorprendidos que el recién llegado era un elfo de Ios. El elfo no quiso explicarnos los motivos de su viaje pero según dijo buscaba trabajo y pareció complacido cuando el sacerdote le dijo que la ciudad había sufrido varios ataques y que seguramente se le aceptaría sin problemas si deseaba colaborar.

Yo misma me ofrecí para ayudar en aquello que hiciera falta y decidí retirarme a rezar unos momentos antes de descansar con el fin de tener la mente clara a la mañana siguiente y poder presentarme ante el capitán de la guardia para ofrecer mis servicios. Pero la voluntad de Morrow no era que descansáramos esa noche.

Poco después de acostarnos el sonido de las campanas del templo me despertó. Un grupo de asaltantes se aproximaba por oeste de la empalizada y sin dudarlo ni un instante me presenté ante el capitán de la guardia dispuesta a colaborar en lo que fuera posible.

El elfo también corrió a la batalla así como los otros dos desconocidos viajeros que habían llegado al poblado durante la noche. Al parecer todos eran hombres de armas y estaban dispuestos a ganarse un sueldo combatiendo a los atacantes.

Ya en la muralla pudimos ver que se trataba de una numerosa horda de gobos junto con algunos humanos salvajes. Se reunían a una cierta distancia alrededor de varias fogatas y parecían tomar algún tipo de brebaje de las grandes cazuelas que tenían sobre el fuego.

Varias grandes sombras se movían en la periferia de nuestra visión y tras unos momentos de duda se localizó un catalejo que nos permitió saber que los asaltantes también habían traído varios gorax con ellos. La presencia de esos inmundos seres hizo temblar los corazones de varios de los milicianos que se agolpaban junto a la empalizada pero la devoción por sus familias y el saber que de no lograr defender la empalizada ninguno de ellos sobreviviría a esta negra noche les hizo regresar a sus puestos.

El combate parecía a punto de iniciarse pero los asaltantes no acababan de decidirse a atacar. Tal vez esperaban las órdenes de su comandante o tal vez deseaban poner más nerviosos a los defensores. Así que con intención de calmar mi mente y preparar mi cuerpo entoné una silenciosa plegaria a Morrow y preparé las primeras palabras de una bendición que llevaría la fuerza del dios a todos los hombres allí reunidos en cuanto el combate diera su inicio.
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